Cuando Huelva le canta a Huelva
La final del Carnaval Colombino no es una noche cualquiera. Es ese instante en el que la ciudad se mira al espejo maquillado del Gran Teatro y se reconoce mejor que nunca. Huelva llega cansada, con ojeras de coplas, cuplés, con el corazón lleno de pasodobles y las manos ‘rotas’ de aplaudir, pero feliz porque hay cansancios que curan.
El telón no cayó, se posó despacio, como quien no quiere molestar un sueño bonito.
El Gran Teatro volvió a ser refugio, templo y plaza pública. Allí dentro, la risa y la emoción se dieron la mano una vez más para despedir un concurso que, como todo lo bueno, se nos fue demasiado rápido.
La final tiene algo de despedida y algo de promesa. Se canta sabiendo que es la última, se escucha con el pellizco de quien no quiere que acabe. Cada acorde suena distinto, cada letra pesa más porque ya no se compite solo por un premio, se canta por quedarse un ratito más en la memoria de la gente.
Y el jurado habló. Pero antes habló Huelva. Habló en forma de carcajadas, de silencios respetuosos, de aplausos largos, de esos que no piden bis porque ya lo han dicho todo.
La comparsa ‘Desierto’, de Raúl Barneto, se alzó con el primer premio como quien cruza una travesía difícil y encuentra, al final, agua. Una propuesta intensa, medida, cargada de mensaje y de emoción, que convirtió la arena en poesía y el silencio en copla. Detrás, también dejaron huella Los Mariposas, La Guillotina y Culpable, confirmando que la modalidad vive un momento de enorme sensibilidad y nivel.
En murgas, la calle se subió al escenario con nombre propio: ‘Mari Cuñí’, de David Bernal, primer premio y carcajada compartida. Inteligente, cercana, valiente en lo suyo. Le siguieron Ojú qué lío!, Los del AVE, una chirigota a destiempo y Los Fatiguitas, en una modalidad donde el ingenio volvió a ser protagonista y la risa, una forma de verdad.
El cuarteto ‘¡Ojú que marrón! Nos han vendido a Huelva Televisión’, de la Peña Los Pollos, fue el gran vencedor de su modalidad. Humor afilado, complicidad con el público y ese punto de locura que solo funciona cuando está muy bien pensada. De esas actuaciones que parecen improvisadas… y por eso mismo brillan.
El coro ‘Dame Veneno’, de Rafael Adamuz, Antonio Rodríguez y Manuel Alvarado, puso el broche de oro coral a la noche. Primer premio merecido para una agrupación que llenó el Gran Teatro de armonía y carácter, recordándonos que el Carnaval Colombino también sabe sonar grande, rotundo, elegante.
Cuando se apagaron las luces y se repartieron los abrazos, Huelva salió a la calle un poco distinta. Más ligera. Más unida. Con la sensación de haber vivido algo que no se explica del todo, pero que se siente para siempre.
El carnaval no termina cuando se conocen los premios termina cuando, días después, alguien tararea una letra sin darse cuenta. Ahí es cuando vuelve a empezar.






































































